LA MIRADA DEL HOMBRE (I)

Sobre el libro de Nancy Huston Reflejos en el ojo de un hombre (Galaxia Gutenberg 2013).

https://abarquin.files.wordpress.com/2013/09/1ae65-orkin-americangirl_kpf.jpg

(Fotografía de Ruth Orkin, “Chica Americana en Italia”, 1951. Fuente: http://itaibachar2.blogspot.com.es/2012/01/ruth-orkin-photographer.html).

Siempre me ha impresionado esta fotografía. La cara de agobio de la chica, la prisa que se le intuye, la mirada de casi todos los hombres sin ningún disimulo sobre ella, el gesto y la palabra o quizá el silbido del que está a su derecha, ese otro que se encuentra en su camino en la acera y no hace aún ademán de apartarse…

Acabo de leer el ensayo de Nancy Huston Reflejos en el ojo de un hombre (Galaxia Gutenberg 2013). Se lo habían recomendado a mi amiga Consuelo como una obra que viene a poner algunas cosas en su sitio después de tantos años de feminismo. Ver qué cosas eran esas fue lo que me impulsó a leerlo, superando mis reparos ante un texto que se presentaba crítico con el feminismo. Escribo ahora estas líneas precisamente para charlar con mi amiga –y con quien quiera leer este post– sobre el libro.

Huston (Canadá 1953) es una conocida novelista y ensayista afincada en Francia, que, según indica la solapa de la obra, ha dedicado su obra al análisis de la condición femenina y al desarraigo.  La tesis fundamental del texto es clara: los hombres miran y las mujeres son miradas y desean serlo porque la naturaleza así lo determina. El segundo párrafo del prólogo no deja lugar a dudas:

“Es cierto que también las mujeres miran a los hombres, y que los hombres miran a los hombres, y que las mujeres miran a las mujeres…, pero lo específico de la mirada del hombre sobre el cuerpo de la mujer es que es involuntaria, innata, que está programada en el “disco duro” genético del macho humano para favorecer la reproducción de la especie, y por lo tanto es difícilmente controlable”.

Desecha, pues, la idea de que las diferencias de comportamiento entre mujeres  y hombres son construcciones sociales. Explica que, desde la prehistoria, mientras al macho le interesa esparcir su semen lo máximo posible, a la hembra, por su mucha mayor implicación en la reproducción, le interesa elegir a sus parejas con prudencia; ellas dan más valor al amor y ellos al polvo (sic). El cerebro humano no ha cambiado en todo este tiempo. La belleza femenina provoca en el hombre una reacción en gran medida involuntaria; de hecho, por razones fisiológicas indiscutibles a los jóvenes les cuesta reprimir el deseo y la mirada desempeña un papel fundamental en ese deseo. Señala la autora que hombres y mujeres tienen un deseo y un comportamiento sexual distintos por su naturaleza. La sociedad obliga a los hombres a gestionar esa reacción ante la belleza femenina y a domeñar sus impulsos, pero añade que hay que entender la dificultad que tienen para ello.

Por el lado femenino, la seducción está unida a la reproducción: las chicas jóvenes empiezan pronto a mirarse y a corregirse en el espejo, poniendo a punto sus armas de mujer (su belleza y su seducción). Desde niñas experimentan lo que Huston denomina “el desdoblamiento”, en que ya no se ven a sí misma con sus propios ojos, sino que se auto-examinan críticamente tras haber interiorizado la mirada de los otros.

He seguido el libro con interés. Se refiere a las experiencias de artistas que fueron admiradas por su belleza como Marilyn Monroe, Anaïs Nin, Jean Seberg o Nelly Arcan;  analiza los factores que han llevado a las mujeres a prestar cada vez más atención a su imagen; trata sobre el desnudo femenino en el arte…  Entre las cuestiones que más sugerentes me han resultado, están las reflexiones de la autora en torno a la prostitución femenina y su incursión en la cuestión de la maternidad. Sobre esta última, Huston explica la disociación que actualmente se produce en los países occidentales entre feminidad y maternidad: nuestra cultura apenas ofrece imágenes de la maternidad (“hemos eliminado del conjunto de las imágenes del Occidente moderno la única singularidad irreductible de la mujer respecto del hombre”) y ha desaparecido la idea, tan presente en el arte del pasado, de que la maternidad pueda relacionarse de alguna manera con la belleza femenina. Por lo demás, adereza diversos de los temas tratados con sus experiencias y sentimientos y los de personas de su entorno.

Todos los temas o subtemas del libro están sujetos a debate, por supuesto, pero la tesis principal es lo que más problemático me resulta. La obra es, en esencia, una aportación al biologismo, al “eterno masculino”. Hace escasas referencias a la influencia de la socialización de las personas en el género, como si sobre esta cuestión no se hubiera investigado ni escrito nada en los últimos cien años. Parecería necesario en un libro como éste rebatir esa parte de la discusión –la importancia de la socialización– para reforzar su postura –el peso de la biología–, pero la autora simplemente la ignora. ¿Dónde habrá quedado lo aprendido por Huston en su trayectoria  feminista (que ella menciona en el libro)? Lo pregunto casi con inocencia, porque me resulta difícil entender que no tenga en cuenta todo lo que ya sabemos sobre la importancia del aprendizaje del género.

Tiene, por otra parte,  un tono anticuado y poco inclusivo a la hora de expresarse en muchos momentos; como cuando llama “individuos indecisos” a hermafroditas, transexuales, bisexuales, homosexuales o asexuales (p. 66). O cuando se refiere a “los hermafroditas –casos rarísimos y patológicos que no nos ofrecen más información sobre lo masculino y lo femenino que las personas con síndrome de Down sobre la inteligencia–” (pp. 68-69). O cuando alude a los derechos de los seres humanos y menciona a los feos y a los guapos, los tontos y los inteligentes, “los discapacitados como los normales” (p. 79). O defiende que debe protegerse a las mujeres de los hombres porque pueden violarlas (p. 79) sin tener en cuenta en ningún momento que las propias mujeres pueden también aprender a protegerse a sí mismas y hacerlo con eficacia.

La solidez argumentativa no es, en mi opinión, uno de los fuertes del libro. La autora llega en ocasiones a hacer trampas en el razonamiento, como cuando une el destino –sin duda desgraciado– de la escultora Camille Claudel con la dolorosa experiencia de un aborto al que se sometió tras quedar embarazada del también escultor Auguste Rodin. Mientras ella sufría el aborto, él seguía trabajando tranquilamente en su taller; Huston pretende con este ejemplo demostrar la enorme diferencia biológica que hay entre los sexos. Menciona también, de pasada, la dura reprobación familiar que cayó sobre Claudel, incluida la de su hermano Paul, que, por cierto, la recluyó de por vida contra su voluntad en un hospital siquiátrico; pero Huston no atribuye a estos hechos ni a la difícil relación con su amante Rodin (que no menciona) ninguna importancia en conexión con el destino de la artista. Pareciera que el aborto hubiera sido el elemento central en su decadencia, y la sanción y la crueldad familiar y la reclusión perpetua forzada no hubieran tenido gran relevancia.

Se refiere, asimismo, a un artículo de Le Monde en que se explica que incluso en las guarderías de Suecia las niñas y los niños siguen jugando a juegos diferentes, se mueven y se comportan de manera diferentes. Ante esta situación un profesor de Psicología de Rennes se lamenta de que “a pesar de que la mentalidad ha evolucionado, hoy en día las actitudes educativas siguen muy alejadas de un modelo unisex en la mayoría de los países desarrollados”. La conclusión de Huston tras esta cita es nada menos que ésta: “Vaya, no hay nada que hacer”. Me quedo atónita. Hay abundantísima literatura que lleva años explicando por qué ocurre eso y todo lo que puede hacer al respecto y me extraña que la autora no haga referencia a ella, aunque sea con objeto de rebatirla.

He aquí otro ejemplo –éste muy agudo– de flojera argumentativa; se trata un párrafo donde se dirige a sí misma en segunda persona:

“Cuando viajas a algunos países, por ejemplo, a las pequeñas ciudades de provincias alemanas, austriacas o estadounidenses, te ofende la fealdad de las mujeres, su rostro sin maquillaje, sus evidentes arrugas, su cuerpo amorfo y su ropa poco agraciada. Ni una joya, ni un destello, ni una interacción sugerente con la mirada del otro. En las calles, en los centros comerciales y los restaurantes de esas ciudades te desconcierta la indiferencia de los hombres hacia ti. Fascinada por el diferente espacio que se asigna a la seducción en el espacio público de París y en esas ciudades, escribes un artículo titulado ’La situación‘, en el que expresas una clara preferencia por las costumbres francesas ”. (p. 112).

¿Pero no habíamos quedado en que la coquetería femenina y la mirada deseante masculina tenían un origen biológico? Ahora resulta que hay lugares donde no se producen, en Europa sin ir más lejos… ¡y que a la autora eso le desagrada profundamente! Yo diría que la propia Huston acaba de derribar su argumento principal. A ver si estamos hablando de las reflexiones de una mujer guapa acostumbrada a recibir el tributo masculino en un contexto patriarcal… Si es así, estupendo, pero está feo generalizar.

No seré yo quien niegue la existencia de diferencias biológicas, las que están a la vista y las que explica la ciencia (hormonas, constitución de algunas partes del cerebro, órganos sexuales, funciones reproductivas…), con todas sus consecuencias. Pero la forma en que las gestionamos no puede ser más que cultural. Es bien conocido que la antropóloga estadounidense Margaret Mead (1901-1978), que pasó varios años estudiando diferentes poblaciones en Samoa y Nueva Guinea, describió una enorme diversidad en los roles masculinos y femeninos y en las relaciones entre mujeres y hombres en esas sociedades. Ya para Mead no había relación directa entre el sexo y rasgos como la pasividad o la agresividad. Las mujeres y hombres arapesh, de Nueva Guinea,  atendían a los niños y eran igualmente cooperativos y pacíficos.  En la población mundugumor, sin embargo, tanto los hombres como las mujeres mostraban agresividad abiertamente, pero no se diferenciaban genéricamente entre sí.  Entre los tchambuli eran los hombres los que practicaban artes como la danza, pintura, trenzado, etc. y dedicaban más tiempo a embellecerse para obtener la atención de las mujeres. O sea, que ya en estudios realizados en los años treinta quedaba patente hasta qué punto está lo biológico mediatizado por lo cultural también en el terreno del género. Pero no hace ninguna falta remontarse hasta tan lejos.

 

(Fuente: http://www.noticel.com/noticia/124412/el-piropo-la-agresion-sexual-de-todos-los-dias-video.html).

De hecho, mientras escribo estas líneas, pongo la taza de café junto a los suplementos semanales de los periódicos más vendidos en mi ciudad, en concreto El País Semanal  y el Mujerhoy de hace un par de semanas. Están repletos de imágenes de mujeres sexys a la manera que exige la industria occidental de la belleza, mujeres que se presentan para ser miradas y valoradas según esa manera. Desde la portada de una de ellas, la actriz Paz Vega nos encara en un gesto que quiere ser sensual; en la portada de la otra posa la modelo Elle McPherson junto a la frase “50 años en el top de la belleza”. En la contraportada de ambas revistas encontramos el mismo anuncio de una joven en ropa interior de encaje negro. En El País Semanal hay dos textos seguidos sobre sendos actores: merece la pena comparar las fotos que lleva la entrevista que se le hace a Berto Romero (vestido muy normalito, con la misma indumentaria en todas las fotos, en actitud muy poco sofisticada) con las imágenes que acompañan al reportaje sobre Paz Vega (maquillada y vestida para matar, posando en actitudes trabajadísimas y ropa distinta en cada fotografía).

(Por cierto que Berto Romero nos explica en la entrevista que “el humor sobre la actualidad, al público se la pone muy dura”, como si todo el público del humorista tuviera pene. Y un artículo sobre yoga del Mujerhoy trae el pie de foto: “Gurshabd y su mujer Gurmukh enseñan yoga new age en Los Ángeles”; como si no fueran consortes mutuamente).

Por seguir poniendo ejemplos sin ir más allá de estas dos revistas.

Las publicaciones están ahí mismo, en la mesa de la sala, al alcance de la chavalería de la familia; una niña de doce años acaba de coger una de ellas y ha empezado a pasar las páginas con fruición. Ahora detiene su atención en las atractivas imágenes que reflejan el cuerpo femenino.

El modo en que las niñas aprenden a mostrarse seductoras en todo momento, a “desdoblarse”, según lo que la industria de la belleza y los productos culturales mainstream exigen, y el modo en que los niños aprenden a evaluarlas ¿no son posteriores a la socialización más que previos?,  ¿vienen de verdad del cerebro paleolítico o nos los estamos trabajando día a día desde cada casa y cada rincón a base de mil y un detalles inadvertidos como dejar El País Semanal y el Mujerhoy sobre la mesa de la sala?

 (Este texto continuará en el siguiente post: La mirada del hombre II)

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3 respuestas a LA MIRADA DEL HOMBRE (I)

  1. marijodeo dijo:

    Bigarren zatiaren zain, Amelia.
    Bide batez, atentzioa deitu didanez, beste artikulu hau ere aurkitu dut lan horren inguruan, baina letxetxar gehaiagorekin idatzita:) http://lectormalherido.wordpress.com/2013/05/21/reflejos-en-el-ojo-de-un-hombre-de-nancy-huston/
    Marijo

  2. Ana I. Morales dijo:

    Ze artikulu dotorea. Nancy Hustoren zaztar zakua irentsita, ni ez nintzateke gai izango termino horietan adierazteko nire desadostasuna eta indignazioa. Eskerrik asko, Amelia Barquín, lan txarra hartu duzu eta bidea erraztu digu zenbait laguni gauza batzuk dotoreziaz eta odolak bor-bor egin barik esplikatu behar dizkiegunerako. Bejondeizula. Bigarren zatiaren irrikaz.

  3. ontto dijo:

    ilargibetea eta ilargiberria, beti da ilargi bera
    edertasuna fotokopiatzen bada…
    Eztago ibilerarik.
    argi gutxikin obe lan egiten du sortzaileak
    orduan bihurtzen baita sorgin.
    nondik datoz aurrak? andik gurasoak…
    orain galdetuko diogu nori nola bizi nahi!
    eta horretarako etzoio ankatarteari erreparatu beharrik.

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