LA MIRADA DEL HOMBRE (II)

 (Este texto es continuación del post anterior: LA MIRADA DEL HOMBRE I)

 La mirada masculina en el ámbito público y el derecho a la indiferencia

 funny photos

                                                                       (Fuente: http://uberhumor.com/dem-toes)

Estoy estos días releyendo diversos textos del antropólogo catalán Manuel Delgado sobre interculturalidad e inmigración y algunas de sus ideas me parecen aplicables al asunto del libro de Nancy Huston Reflejos en el ojo de un hombre (Galaxia Gutenberg 2013). Es decir, creo que pueden tener relación con la cuestión de la mirada masculina.

Delgado es un pensador mordaz que ha escrito durísimas palabras contra la interculturalidad tal y como a veces se entiende tanto popularmente como desde las instituciones.  Una de sus más aceradas críticas gira en torno al DERECHO A LA INDIFERENCIA, que en tantas ocasiones se les niega a los inmigrantes, a menudo en nombre de bienintencionados principios.  De hecho, aún hoy se siguen organizando fiestas o actividades interculturales donde se pide al inmigrante que participe étnicamente, es decir, según sus costumbres, esas que se le atribuyen, algo que no se pide a quienes proceden de sociedades que no consideramos “atrasadas”.

El ejemplo más conocido por estos pagos es el de solicitar a las mujeres de origen magrebí que traigan un plato de cuscús a las fiestas “interculturales” (no siempre tras preguntar si es un plato que se come en sus casas). Precisamente este plato da nombre a lo que en Francia se ha llamado “pedagogía del cuscús”, aplicado a un tratamiento exótico y superficial de la diversidad en educación. Lo que, como señala Elisabeth Coelho (en su libro Teaching and learning in multicultural schools, Clevedon 1998), sería equivalente en Norteamérica a las “tres efes del multiculturalismo” (food, festivals, famous men) y en Gran Bretaña a “las tres eses” (saris, samosa, steel bands –bandas de percusión caribeñas–).

Por su parte, Manuel Delgado, en su texto “Anonimato y ciudadanía” (Mugak 20, 2002), elogia las prácticas urbanas que permiten a todo el mundo pasar desapercibido en la ciudad, incluidos, claro está, los inmigrantes:

“El criterio que orienta las prácticas urbanas está dominado por el principio de no interferencia, no intervención, ni siquiera prospectiva, en los dominios que se entiende que pertenecen a la privacidad de los desconocidos o conocidos relativos con los que se interactúa constantemente. La indiferencia mutua o el principio de reserva se traduce en la pauta que Erving Goffman llamaba de desatención cortés. Esta regla –la forma mínima de ritual interpersonal– consiste en mostrarle al otro que se le ha visto y que se está atento a su presencia y, un instante más tarde, distraer la atención para hacerle comprender que no es objeto de una curiosidad o de una intención particular. Esa atenuación de la observación, cuyo elemento clave es la ’bajada de faros‘, es decir, la desviación de la mirada, implica decirle a aquél con quien se interactúa que no se tienen motivos de sospecha, de preocupación o de alarma ante su presencia” (p. 8).

“[…] En cualquier caso, el posible estigmatizado o aquel otro que es excluido o marginado en ciertos ámbitos de la vida social se ven beneficiados en los espacios públicos de esa desatención y pueden aunque sólo sea mientras dure su permanencia en ellos, recibir la misma consideración que las demás personas con quienes comparten esa experiencia de la espacialidad pública, puesto que la indiferencia de que son objeto les libera de la reputación negativa que les afecta en otras circunstancias”. (p. 8).

En nombre de esta desatención cortés, cree Delgado, que hay que dejar verdaderamente en paz a los inmigrantes y no pedirles a ellos lo que no aceptaría otra persona cualquiera: mostrar continuamente cuáles son sus costumbres, sus relaciones, sus creencias…  El autor reivindica el derecho a la libre accesibilidad al espacio público como máxima expresión del derecho universal a la ciudadanía. Otro punto crucial que señala Delgado es que ese constante fijarse en los inmigrantes supone negarles la distinción clara entre público y privado:

“La cuestión no tiene nada  de anecdótica. Cuando se dice que la lucha antirracista habría de hacerse no es nombre del ’derecho a la diferencia‘, sino todo lo contrario, en nombre del derecho a la indiferencia, lo que se está haciendo es reclamar para cualquier persona que aparezca a nuestro lado, y sin que importe su identidad como individuo o como molécula de una comunidad, justamente aquello que, como hacía notar Isaac Joseph, se le niega al llamado inmigrante, que es una distinción clara entre público y privado. […] Pocas cosas más públicas que la vida íntima de los ’inmigrantes‘ y los ’étnicos‘. […] En definitiva, ¿qué son las ’fiestas de la diversidad‘ o las ’semanas de la tolerancia‘, sino una suerte de zoos étnicos en los cuales el gran público puede acercarse e incluso tocar los especímenes que conforman la etnodiversidad humana?” (p.9).

 Al leer estas incisivas palabras de Delgado, veo clara la necesidad de reivindicar el mismo derecho a la indiferencia para el colectivo femenino. Es claro que los inmigrantes son “los otros” en las sociedades receptoras, son “inferiores” por el lugar que ocupan en la escala social y porque proceden de sociedades consideradas “atrasadas” por los ciudadanos de éstas. De ahí el paternalismo con que los nacionales les piden que exhiban su diferencia. Pero también las mujeres han sido y son “lo otro” con respecto al mundo hegemónico masculino considerado “lo neutral”, son un colectivo minorizado aunque no sea minoritario, dominado y simbólicamente atrasado porque ellas han sido vistas como seres primarios, emocionales, “naturales”… frente a los valores superiores de lo racional, el progreso o la tecnología, valores ligados convencionalmente a los hombres. Pues bien, diría que ellas también merecen, como ciudadanas en el espacio público, el derecho a pasar desapercibidas, a la desatención cortés o “bajada de faros” de que disfrutan los ciudadanos de pleno derecho (es decir, los varones nacionales) y que reivindica Delgado para los inmigrantes. Estoy hablando, en el caso de las mujeres, del derecho a no recibir evaluación en la vida pública (sea positiva o negativa) sobre su aspecto físico o cualquier otro aspecto. A no tener que temer que cualquier hombre pueda expresarle abiertamente (mediante la mirada, el gesto, la palabra) qué le parece su cuerpo en espacios que no son privados.

Esto no quiere decir que no se produzca valoración, no quiere decir que un hombre (o quien sea) no valore físicamente o según otros parámetros a la mujer (o a quien sea) con la que se cruza por la calle. Sólo quiere decir que  todo el mundo, también las mujeres, tienen derecho a no recibir esa evaluación.

Es cierto que a veces una indumentaria nos llama la atención por la calle; una cara concreta nos interpela sobre la procedencia de esa persona; una figura que pasa nos resulta atractiva; un escote, unas piernas o un culo atraen nuestro interés; alguien tiene una característica física que nos produce curiosidad… Mejor dicho, no es que esto nos ocurra a veces, sino que nos sucede constantemente. Sin embargo practicamos, como se hace en general, esa bajada de faros aprendida para no entrar en el espacio de las personas con las que nos cruzamos. Esa bajada de faros se ha convertido en casi automática porque la ponemos en marcha  muy a menudo, lo cual no quiere decir que no resulte costosa en ocasiones, porque la curiosidad, el interés… impulsan a seguir mirando o a expresar reacción. A algunas personas les costará más, a algunos hombres les costará más, pero los que lanzan una mirada apreciativa a una mujer por la calle y le dicen una palabra valorativa seguramente practican la indiferencia cortés frente a quien tiene una característica física llamativa, así que es claro que sí saben hacerlo en esas ocasiones.

Respetar el derecho a pasar desapercibidas, decíamos. Mirar o expresar no más de lo que pueda molestar según un consenso no establecido pero que sí es ampliamente compartido. Salvo que alguien decida, por una decisión tomada en el momento, hacer lo contrario porque quiere que suceda algo. No hay que olvidar, como explica Delgado (p. 13), que la vida en las ciudades es una expectativa permanente activada hacia lo insólito o lo maravilloso. Allá donde no había relación social en absoluto, pueden aparecer de pronto nuevos contactos, vínculos inéditos capaces de devenir en un momento en algo íntimo, profundo, subversivo, solidario…  La puerta de lo inesperado está siempre ahí, si lo queremos así. Todo es posible.

 Gestionar la mirada

 

                                          (Fuente: http://soyunachicamala.wordpress.com/page/6/)

Me llama la atención que la mirada masculina es en ocasiones colectiva, tal y como se ve en las fotos que ilustran este post. Es una mirada social, que se construye y se apoya en la compañía de la de los otros hombres. No es una mirada furtiva, sino todo lo contrario; no importa que los otros hombres vean que tú también estás mirando, sino más bien al revés; parece que la mirada de los otros legitima tu mirada. Parece la conjugación completa del verbo mirar: yo miro, tú miras, él mira, nosotros miramos… Es la imagen de un poder que es colectivo y que no se preocupa de su efecto –o sin más disfruta de él– sobre las emociones de esa mujer. ¿Qué habrá sentido la mujer de la foto de arriba durante esos segundos eternos antes de abrirse camino entre el grupo de hombres que dirigen su mirada hacia su cuerpo de una manera tan tremendamente directa?

Me gustaría pensar que afrontará la situación y que seguirá adelante como si tal cosa. Pero a ellos eso no parece importarles. Se trata, por suerte, de imágenes cada vez menos frecuentes en la sociedad en que vivimos, así que no vale hablar del eterno masculino porque la diversidad es más que evidente y la extensión paulatina del respeto refleja cuánto hay de cultural en esa mirada colectiva (en contra de la tesis de Nancy Huston de que la mirada del hombre es parte de su naturaleza y resulta de difícil control).

En cualquier caso, alguien argumentará, al modo de Huston, que muchas mujeres se ornamentan para atraer la atención, o la mirada, o el deseo; que crece sin duda la tendencia a vestirse de modo sexy; que ya hay alumnas de los últimos cursos de primaria que acuden a clase en invierno con la misma ropa con la que van a la playa en verano y que eso se hace eminentemente de cara a la mirada ajena. Huston podría añadir que hay mujeres a las que les encanta originar y recibir feed-back positivo sobre su aspecto… Todo esto puede ser, pero no es lo importante; el caso es que quizá lo más adecuado sea pensar que no compete a nadie en la vía pública el juzgar la intención con la que cada cual se tunea antes de salir a la calle y menos actuar después según esa presunción en la vía pública (“como esta mujer va vestida o arreglada de esa manera, puedo mirarla de este modo y le puedo lanzar esta frase”). Sea cual sea la intención de cada persona, me reitero en lo dicho: la necesidad de gestionar la mirada (y el lenguaje corporal y la palabra, claro) para no interferir en el derecho a pasar desapercibido de cada transeúnte, sea del género y de la procedencia que sea, tenga las características que tenga.

En los últimos tiempos, las chicas están imitando también en este terreno comportamientos que han sido convencionalmente masculinos. Algunas jóvenes, todavía sólo cuando están en grupo, son capaces de quedarse mirando abiertamente a un chico, de hacerle un comentario  sobre su físico… En determinados ambientes o locales, quizá con la ayuda del alcohol u otras drogas, también ellas se atreven a tocarle el culo a un joven en un contexto no pactado. Este es otro ejemplo claro de que no todo lo que han hecho los hombres a lo largo de los siglos resulta digno de imitar por las mujeres. No merece la pena desaprender el respeto al espacio de los demás; lo deseable es, más bien, lo contrario: extender su aprendizaje a quienes no lo han conocido hasta ahora.

El ámbito privado

No hace falta decir que el espacio privado, el de los amigos, los amantes, los admitidos… es decir, el espacio de la confianza, el de lo pactado o lo pactable, es un terreno bien distinto y su gestión se rige por parámetros muy diferentes, cada cual verá cuáles. Así que este epígrafe se acaba, sin más, aquí mismo.

Un buen piropo

                           (Fuente: http://interaccionsocial.com/conceptos/un-buen-piropo/)

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Una respuesta a LA MIRADA DEL HOMBRE (II)

  1. Muy interesante, Amelia. El derecho a la indiferencia me recuerda al derecho a la opacidad postulado por Edouard Glissant, en el contexto poscolonial, referido a la opacidad ante el ojo del varón blanco occidental que todo lo pretende atravesar, definir y delimitar (porque cree que todo puede y debe ser atravesado, definido y delimitado). Yo lo he intentado desarrollar en el contexto del derecho de niñas y niños a levantar un dique de contención frente a las definiciones con que el mundo adulto asfixia sus infancias, en particular, las definiciones que provienen de la psicología del desarrollo y de la sensibilidad que hace de niños y niñas la última fuente de sentido, la última definición cierta allí donde todas las certezas y sentidos se han evaporado. Un saludo. Matías

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