¿El premio de qué?

(Diario de Noticias de Álava-n argitaratua, 2015-6-20).

Javier Maroto acaba de recibir un premio en el Partido Popular, ese con el que no se dejó retratar demasiado en la campaña electoral, de modo que quedara claro que él era él y no su partido, porque, desde luego, parecía mejor para su campaña que no se le asociara al partido de la corrupción y el paro en España. Pasadas las elecciones, todo eso ya no importa y la identificación con el partido es total. Dice la prensa que el premio, una vicesecretaría creada ex profeso para él, es por haber ganado las elecciones en Vitoria. ¿Es ganar las elecciones obtener el 30% de los votos? Eso es, desde luego, ser la lista más votada, pero si se expresa de la otra manera, resulta más fácil decir que a Maroto le han arrebatado la alcaldía, en lugar de ver que han tenido lugar procesos de alianza y acuerdos que son legítimos, frecuentes y a veces éticamente muy necesarios en democracia.

¿Merece Maroto un premio por ser cabeza de la lista más votada en Vitoria con ese casi 30%? Efectivamente es uno de los pocos líderes del PP que ha conseguido mejores resultados en estas elecciones que en la convocatoria anterior. Pero creo, más bien, que la pregunta es otra: ¿qué podría aprender Rajoy de la experiencia de Vitoria? Pues lo mismo que de la de Badalona con Xavier Albiol. La enseñanza básica la expresó de modo muy conciso y clarito el periodista Iker Armentia hace unos días en twitter: “el discurso contra los inmigrantes te da votos… pero te expulsa de los gobiernos”. Buena parte de la sociedad local ha visto en peligro uno de los principios básicos de la convivencia hasta tal punto que han germinado multitud de iniciativas ciudadanas en respuesta a esa agresión, entre las cuales la más poderosa ha sido sin duda “Gora Gasteiz”. Hasta el punto, también, de que casi toda la oposición, impulsada incluso por las bases de los propios partidos, se ha puesto de acuerdo en que lo prioritario era que no fuera elegido como alcalde un determinado político, y ello por encima de opiniones, ideologías o pactos (aunque sobre la actitud del PSOE a dos horas de la investidura habría mucho que decir). Maroto deja, es bien evidente, una ciudad bastante más polarizada que la que encontró.

La sociedad ha visto en peligro la convivencia. Esto no es un temor o un pronóstico, es una constatación. Además del racismo institucional (contra las mezquitas, contra determinados locales regentados por inmigrantes, contra las ayudas…), se ha producido un claro deterioro de la vida cotidiana en la ciudad: los ciudadanos vitorianos de origen extranjero reciben insultos y comentarios desagradables de personas desconocidas de origen local que se permiten ahora decir y hacer lo que antes resultaba incívico. Pero el alcalde abrió las compuertas a estas aguas sucias que ahora nos manchan a todos. Ese es el legado que Maroto deja en Vitoria, el que tendremos que gestionar muchos años después de que él se haya ido. Y a él quedará unido su nombre en la ciudad.

En estos días sigue llamando la atención esa rara habilidad para malmeter, presente en ese intento de torpedear la gobernabilidad del ayuntamiento de Vitoria recordando al PSOE que no debe tocar ni con un palo nada que haya tocado EH Bildu antes, precisamente Maroto, que negoció con Bildu una y otra vez mientras fue alcalde. Caer es esas trampas a estas alturas resulta de principiantes, pero parece que hay quien lo hace, y de bruces. Para contribuir al ambiente, algunos políticos del PP han llegado incluso a sacar los muertos del terrorismo a colación. Pero seguramente ellos no creen que el PP de hoy sea exactamente el de Fraga y el de la represión franquista; a su propio partido sí le reconocen la capacidad de regenerarse y evolucionar, es obvio. En fin, claro lo tenemos si nuestros políticos, en vez de trabajar y colaborar en torno a proyectos, siguen con eso de “contigo sí y contigo no”, aunque el proyecto se vaya al garete.

El caso es que Javier Maroto ha recibido una lección en Vitoria por su mal comportamiento, pero, sin embargo, su jefe le premia por su éxito. Así los niños no aprenden lo importante. Es como ese padre que felicita al hijo por haber metido un gol en un partido justo después de que el árbitro le haya expulsado por haber agredido a otro jugador. En resumen, que de la experiencia de Vitoria, no se ve claro lo que han aprendido Rajoy ni Maroto, a pesar de que había margen para ello. La preocupación es si llevará Maroto esa constatada falta de conciencia cívica (por decirlo suavemente) a su nueva carrera política, que ahora será por fuerza más influyente y llegará a más personas. No va a quedar más remedio que seguir abriendo cortafuegos sociales a futuras posibles actitudes pirómanas.

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