“La hija extranjera” de Najat El Hachmi. Mujeres inmigrantes y patriarcado

Acabo de terminar la novela La hija extranjera, de la autora catalana de origen marroquí Najat El Hachmi. La novela, que obtuvo el premio San Joan 2015, tiene también gran valor extraliterario para quienes nos interesamos por la interculturalidad.  Y por el feminismo. Hay en la narración una palabra no pronunciada que subyace, según mi punto de vista, al texto de principio a fin y explica los conflictos de la protagonista a lo largo de la historia: patriarcado.

La novela se puede leer desde otras claves: relación materno-filial, crisis de crecimiento, construcción de una identidad entre dos culturas, significado de la “integración” de las personas inmigrantes en un entorno a menudo hostil, conflicto cultural… Pero me voy a centrar en la presencia del patriarcado en el texto por su capacidad explicativa de la situación de la muchacha y por la posibilidad que abre para la reflexión.

Un inciso. En mi artículo anterior me refería al patriarcado, esa forma de organización social que clasifica a los seres humanos en dos categorías con características y funciones distintas,  que tiene como objeto mantener la dominación masculina y adopta formas diversas en las diferentes sociedades y culturas (y no es igual, claro está, en Vitoria o en Riad). Recordaba que no todas las personas de un lugar lo encarnamos de la misma forma, aunque todas lo hacemos de un modo u otro porque forma parte de nuestra configuración social. Explicaba que las feministas de la sociedad en la que vivo tenemos la práctica de analizar el patriarcado que nos afecta: nos proponemos conocer sus formas, analizarlas, deconstruirlas, buscar sus rastros en nuestras vidas y en nuestros cuerpos, al tiempo que intentamos crear resistencias, impulsar autodefensas y nuevas formas de ser y de relacionarnos.

Tras esta introducción me preguntaba por el patriarcado de aquellas personas que  vienen de otras sociedades y que, claro está, no han dejado allí, sino que traen consigo. Y podemos plantearnos más cuestiones: ¿Cómo se materializa el patriarcado de origen en la vida de las mujeres inmigrantes en el nuevo contexto? ¿Cómo se materializa en ellas el patriarcado de la propia sociedad receptora? ¿Qué sucede en la intersección? ¿Como se relacionan ambos?

Pues bien, ésta es la novela de una protagonista escindida entre dos patriarcados. Patriarcados que le presentan exigencias y mandados distintos, a menudo contradictorios, que se miran uno a otro transformando su rostro para responderse entre sí sin perder de vista la presa. Aviso ahora para quien no haya leído la novela: aunque no voy a descubrir completamente el final, sí voy a desvelar a continuación algunas partes de la trama.

En el punto de partida nos encontramos a una muchacha de dieciocho años que vive con su madre, con quien llegó de niña a una ciudad de Cataluña. La muchacha parece haberse adaptado perfectamente a la sociedad local, es una joven culta y voraz lectora, perfecta hablante de catalán, excelente estudiante sobre la que sus profesoras tienen altas expectativas…

La novela, sin embargo, nos deja ver que las personas de origen autóctono la tratan a menudo como alguien que lo está haciendo muy bien en la sociedad local… a pesar de su origen extranjero. Y que ese origen no lo olvidan, por ejemplo, cuando se pone a buscar trabajo, y más tarde, en sus sucesivos empleos, lo que le resta posibilidades de tener una vida mejor. Y tampoco olvidan su origen quienes la rechazan cuando se propone buscar otro piso de alquiler para ella y su familia.

Y sí, los parámetros de la sociedad local se manifiestan en su cuerpo; por ejemplo, en esa preocupación por mantener un peso y una forma corporal alejados de los estándares de las mujeres de su grupo de origen; su obsesión por la dieta y el ejercicio físico aparecen en distintos momentos en el texto.  Y también su incomodidad en las reuniones y celebraciones familiares, donde su cuerpo delgado y su frugalidad no son bien vistas.

En las primeras páginas a la joven se le presenta la disyuntiva entre seguir estudiando o aceptar el deseo de su madre de casarse con un primo suyo de Marruecos y traerlo a Cataluña a vivir con ellas cumpliendo así las expectativas familiares. Opta entonces por postergar los estudios, buscar un trabajo humilde y casarse con ese hombre. Algo que, al mismo tiempo, le resulta difícil de comunicar a sus conocidos no marroquíes, sabiendo que esperan de ella otro recorrido vital, más acorde al estilo de vida de las jóvenes autóctonas.

Se llevan a cabo los preparativos de la boda y ésta se consuma. El marido-primo es un personaje con pocos matices: resulta ser un hombre tradicional, que está acostumbrado a ser servido en la casa por las mujeres sin colaborar en nada, que se vacía torpemente cada noche sobre su esposa, que pasa el día con sus paisanos en los bares de la ciudad gastando el dinero que han ganado trabajando la protagonista y su madre… pero que a partir de un momento dado, incómodo por su estatus, le pide a la joven que cuide las formas y se ponga el pañuelo como corresponde a una mujer casada. Y consigue para ello la connivencia de su madre, para quien es tan importante mantener una imagen adecuada en el colectivo de origen y que desea rehuir el conflicto con su yerno y con la familia de éste, que es la suya propia.

El debate interno de la muchacha ante el pañuelo es doloroso y la decisión final de llevarlo no le resta sufrimiento. Desde el colectivo autóctono hay sanción: la protagonista se siente observada y juzgada; una antigua maestra querida para ella le niega el saludo al verla velada. Anteriormente hemos visto que otra mujer que trabajaba como mediadora intercultural en el ayuntamiento ha sido expulsada de su puesto de trabajo cuando empieza a hacer uso del pañuelo, empleo que se le ofrecerá después a la protagonista. Son las presiones que llegan a la vida cotidiana de las mujeres de religión y/o cultura musulmana desde el etnocentrismo y la islamofobia de la sociedad autóctona.

El papel de la madre es fundamental; se trata de una mujer procedente de un entorno rural, tamazig, analfabeta, incansable trabajadora, que ha logrado sacar adelante a su hija ella sola en un contexto difícil por no decir hostil. Es un acierto de la novela que las propuestas de la madre no se formulen a modo de exigencias; es más bien esa madre sacrificada que hace de correa transmisora de los mandatos del patriarcado, el papel que tantas madres han venido realizando a lo largo de los siglos de manera tan eficaz. A través de la voz de la madre, escuchamos los ecos de la comunidad de origen, que recuerdan a la protagonista aquello que debe hacer una mujer como debe ser. Ante la resistencia de la muchacha a llevar el pañuelo, la madre se enferma y queda postrada en cama durante días; hasta que la joven adopta la decisión de ahorrarle sufrimiento y ponerse la prenda.

La escisión interna llega al punto de que es la propia joven la que ve en peligro su salud mental. Compatibilizar las exigencias y expectativas de otras y otros con sus deseos y necesidades le resulta imposible. Elige entonces un camino radical, probablemente uno que no se le ha ocurrido hasta ahora a quien lee la narración.

Creo que puede resultar una novela incómoda según desde donde se lea; la forma en que la sociedad receptora trata a la muchacha es reflejada de modo crítico, pero quizá lo es más la manera en que se presenta el colectivo de origen; particularmente el marido y de modo más matizado, la madre. No hay por qué generalizar; es una novela de personajes concretos, no de arquetipos. Y sin, embargo, nos habla de algo que está más allá: el choque entre las exigencias de dos sociedades y entre dos modos diferentes del patriarcado que batallan en el cuerpo de una mujer entre esos dos mundos.

Es interesante, por ello, la presencia de mujeres del mismo origen que han encontrado otras vías en su negociación entre ambas sociedades: la mujer que no se ha casado (que es quizá lesbiana) y que visita a sus clientas/amigas en sus casas vendiendo joyas y objetos mientras intercambia información y chismes y ayuda a tejer relaciones; la joven moderna que vive independiente de su familia y trabaja como “vestidora” de novias en las bodas en la comunidad marroquí… Y también la presencia de quienes no pueden elegir ni negociar, como es el caso de la prima jovencita que vive en el pequeño y empobrecido pueblo de Marruecos de donde procede la familia y a quien vemos realizando las tareas que le corresponden en ese entorno por su edad, situación familiar y género.

Con todo, sentimos a la joven más cercana a la sociedad de llegada que a la sociedad de partida: habla la lengua de su madre con algunas dificultades y se expresa perfectamente en la lengua local; usa a lo largo de su discurso gran cantidad de referencias literarias procedentes de la cultura local que para ella están llenas de significado, mientras que la lengua de origen no tiene tradición escrita; su educación y su formación escolar son también las de la sociedad receptora; su aspecto se acerca al de una joven autóctona; la decisión final la aproxima a los parámetros de la sociedad local mientras la aleja de la de su madre…

Una novela, en fin, para dejarse enganchar por la propia historia y reflexionar al tiempo sobre las exigencias patriarcales que interaccionan sobre las mujeres en la intersección entre las culturas y sobre la dificultad que pueden tener éstas en ese contexto para reconocer y responder a sus propios deseos y necesidades.

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